Analògies

La història de l'home cec i la llum

El cuento del ciego y la luz

El ciego y la lámpara: una historia de quienes alumbran incluso cuando están rotos

Cuentan que un ciego caminaba de noche por un camino de tierra.
Llevaba en la mano una lámpara encendida.

Un viajero, extrañado, le dijo:

—¿Para qué llevas una lámpara si tú no puedes ver la luz?

El ciego sonrió y le respondió con toda la tranquilidad:

—La luz no es para mí. Es para ti.
Para que no choques conmigo.
Para que no me hieras sin querer.
Para que puedas ver tu camino cuando te acerques a mí.

El viajero se quedó en silencio pudiéndo hacer su propia reflexión

A veces, quienes más oscuridad han vivido
son quienes más luz entregan.

No la llevan en los ojos.
La llevan en el corazón.

Ser luz incluso en tus peores noches

Este cuento es uno de mis favoritos porque es un cuento que me hace reflexionar mucho y que además intento que sea parte de mi camino.

Una manera de recordar que se puede seguir dando luz aunque por dentro estés apagado.
De cuidar a otros cuando no te cuidan a ti.
De sostener y acompañar cuando tú eres quien necesitas ese sostén.
De ser cariño, paciencia y ternura… incluso en medio del caos.

Y lo más jodido de todo es que muchas veces esa luz la encendí sin recibir ninguna a cambio.
Encendí la lámpara no para mi, sino para que otros no chocaran conmigo,
y para que otros pudieran ver su camino.
Para no molestar.
Para no hacer daño.
Para seguir siendo “el bueno”, “el cuidador”, “el que entiende”.

Pero este cuento nos recuerda algo esencial:

Mi luz no pertenece a quien no la valora.
Mi luz es mi esencia, no mi obligación.

No estoy aquí para iluminar a cualquiera.
No estoy aquí para sostener sistemas rotos.
No estoy aquí para que mi lámpara se consuma dando claridad a quien solo aporta sombras.
No estoy aquí para intentar iluminar el camino de alguien que no quiere mirar por miedo a mirar hacia adelante.

Mi luz es un regalo, no un acceso gratuito.

Quien quiera verla, que la vea.
Quien no, que siga su camino.
Pero nunca podré apagar mi luz por quien nunca aprendió a mirar.

Cuando tú eres el dispositivo que mantiene estable un sistema inestable

En la vida cotidiana pasa algo que se parece mucho a esto.

Imagina una luz de emergencia. No una luz bonita ni decorativa, sino una de esas que están ahí para evitar golpes. No destaca, no busca atención. Simplemente avisa. Está encendida para que no haya choques, para que nadie se haga daño.

Esa luz cumple su función incluso cuando todo lo demás alrededor está fallando.

Cuando la luz es la única que siempre está encendida

El problema aparece cuando esa luz es la única que nunca se apaga. Cuando nadie revisa su estado, nadie se pregunta si necesita recargarse y nadie se da cuenta de que se está quedando sin energía.

Sigue alumbrando.
Sigue cumpliendo su función.
Hasta que un día se apaga.

No porque haya fallado sino porque nadie puede iluminar para siempre sin recibir energía.

Cuando tu estabilidad sostiene a otros, pero nadie cuida la fuente

Hay personas que funcionan así. Como una señal constante de estabilidad en entornos caóticos. Son las que avisan, las que calman, las que sostienen y las que evitan colisiones emocionales.

Son las que se adelantan, las que bajan el tono, las que ponen orden cuando todo está revuelto.

Pero cuando siempre eres tú quien enciende la luz, cuando siempre eres tú quien se adapta y cuando siempre eres tú quien cuida, algo dentro empieza a vaciarse.

No es debilidad. Es desgaste.

Ningún dispositivo está diseñado para emitir luz de forma infinita sin recargarse. Y ninguna persona debería vivir así.

Cuando tu energía se da por sentada

Tu luz no es un servicio automático. No es un sistema que otros puedan usar sin límite. No es un recurso gratuito ni una obligación silenciosa.

Es energía viva.

Y cuando no eliges dónde ponerla, acaba consumiéndose en espacios donde nunca fue realmente valorada. Lugares donde tu función es evitar daños ajenos mientras tú te vas quedando sin margen.

No se trata de apagar la luz, sino de elegir dónde alumbras

No se trata de dejar de ser quien eres.
Ni de apagar tu esencia.
Ni de endurecerte.

Se trata de entender algo muy simple: las luces también necesitan descanso, recarga y un entorno que las cuide.

No apagues tu lámpara.
Pero deja de colocarla en espacios donde solo sirve para que otros no se hagan daño… mientras tú te quedas a oscuras.

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