Viktor Frankl para después de una relación que te rompió por dentro
Cuando una relación te cambia más de lo que imaginabas Hay ...
Recuerdo hace años que mi forma de relacionarme con mi entorno y con mi pareja, era un poco distinta ya que no había podido aprender tanto sobre las emociones. Gente me hablaba y mientras ellos me explicaban cómo se sentían, yo ya estaba pensando en qué decir. Para ayudarles. Y cuando me tocaba hablar, decía algo lógico, correcto… pero vacío. La conversación no se abria, se cerraba. Ahí pillé algo que antes no veía: estaba oyendo, pero no estaba escuchando.
Leí hace tiempo un cuento. Un hombre en una ciudad donde todo el mundo hablaba pero nadie escuchaba. Él recogía palabras que la gente dejaba caer. Un día se sentó al lado de una mujer que solo susurró «cansancio». Y en lugar de darle un consejo o contarle su propia historia, le hizo una pregunta y se quedó ahí. Callado. Sin intentar arreglarlo. Y la mujer empezó a hablar de verdad. No porque él tuviera respuestas, sino porque alguien la estaba escuchando.
Cuando lo leí me pareció bonito. Con el tiempo me di cuenta de que también es incómodo. Porque escuchar de verdad implica callarte. No ser el protagonista. No intentar arreglar lo que el otro siente. Y eso no siempre sale solo, sobre todo si vienes de relaciones donde todo era más bien lo contrario.
En mi caso, muchas conversaciones en pareja no eran espacios seguros. Tú hablabas pero no sabías qué iba a pasar con lo que decías. A veces se minimizaba. A veces se giraba. A veces acababas siendo tú el que tenía que justificarse. Y sin darte cuenta dejas de hablar desde lo que sientes y empiezas a hablar desde lo que crees que no va a liar nada. Ahí la comunicación deja de ser real.
Y cuando eso se repite, pasa algo que tardé en ver: ya no solo no te escuchan fuera, es que tú también dejas de escucharte dentro. Empiezas a desconectarte de lo que sientes porque no tiene adónde ir. Y eso pesa más de lo que parece.
Una de las cosas que más me me ayudó a cambiar cuando asistí a una cena con la psicóloga Ana Gómezes, fue entender esto: validar no es darle la razón al otro. Es reconocer que lo que siente tiene sentido para él, aunque tú lo veas diferente.
Hace años pensaba que si validaba algo con lo que no estaba de acuerdo, estaba cediendo. Ahora lo veo al revés. Cuando no validas, cortas la conexión. Porque el otro no necesita que le soluciones la vida, necesita sentir que no está solo en lo que le pasa.
A veces es tan simple como decir «entiendo que te sientas así» y quedarse ahí. Sin añadir nada más. Sin explicar. Sin corregir. Solo eso.
Y aunque parezca una tontería, cambia completamente la dinámica.
Hay pocas cosas que peguen tanto como sentirte escuchado de verdad. No porque te den una solución, sino porque puedes ser tú sin tener que editarte.
Yo lo he sentido pocas veces, pero cuando pasa se nota en el cuerpo. La cabeza se ordena. Y muchas veces ni siquiera necesitabas consejo. Solo necesitabas ese espacio.
Y lo curioso es que cuando empiezas a hacerlo tú, también cambia cómo te relacionas. No solo con los demás, contigo. Empiezas a no pasarte por encima de lo que sientes. A darte ese mismo espacio que antes buscabas fuera.
No siempre lo hago bien. A veces sigo queriendo arreglar, explicar, tener la respuesta correcta. Pero cada vez lo veo antes.
Y hay una frase que intento no olvidar: no todo lo que alguien necesita es una solución, a veces solo necesita un lugar donde poder estar tal como está.
Escuchar de verdad es eso. No hacer ruido cuando el otro se está encontrando.
Leave A Reply